
Mi enfoque de base es la terapia cognitivo-conductual, aunque también integro técnicas de otras corrientes psicológicas, siempre respaldadas por la evidencia científica. Esto me permite diseñar intervenciones personalizadas, centradas en el cambio y el bienestar real de cada persona.
Dentro de mis especialidades está el tratamiento de trastornos afectivos (ansiedad, estrés, depresión, etc), inteligencia emocional, fobias, entrenamiento en habilidades sociales, autoestima, duelo, trastornos adaptativos, TDAH, otros.
Mi recorrido profesional se ha centrado en el trabajo clínico en distintos contextos. Comencé en una clínica multidisciplinar, acompañando a adultos, población infanto-juvenil y parejas con
problemáticas como ansiedad, fobias, insatisfacción vital, habilidades sociales o dificultades
relacionales. Ese trabajo me permitió desarrollar una mirada amplia y flexible, adaptando siempre la intervención a las necesidades reales de cada persona.
Completé mi experiencia laboral en una clínica especializada en población infanto-juvenil, donde
trabajé con niños y adolescentes con problemas de gestión emocional, autoestima, conducta,
dificultades familiares y acompañamiento en etapas sensibles del desarrollo. Esta experiencia
reforzó la necesidad de ajustar el enfoque a cada etapa evolutiva.
Además, he acompañado a personas con dolor crónico, un ámbito que me enseñó a sostener
procesos largos y a trabajar desde la calma, la presencia y la regulación emocional.
Todas estas experiencias han dado forma a un enfoque integrador desde el que trabajo. Disfruto del trabajo en equipo y del aprendizaje continuo que aporta cada proceso terapéutico.
Para mí, la labor terapéutica parte de una mirada que reconoce la complejidad del mundo interior. Cada proceso personal lleva consigo aprendizajes, bloqueos y posibilidades de transformación.
He aprendido, tanto a través de la formación como de la práctica clínica, que no existen experiencias “buenas” o “malas” per se, sino experiencias con significado para la persona y su historia. Esto me ha enseñado a sostener con respeto tanto los recursos como las vulnerabilidades que cada persona trae a la consulta, y a entender que las emociones difíciles, por intensas que sean, contienen siempre algo valioso que nos invita a comprender y reorganizar nuestra forma de estar en la vida.
En la práctica clínica intento acompañar a la persona desde esa apertura: validar la experiencia, explorar lo que hay detrás de los síntomas y facilitar que los cambios emerjan desde la propia vivencia. Cada sesión y cada proceso alimentan mi curiosidad y mi compromiso con la comprensión profunda del sufrimiento humano, recordándome que el trabajo terapéutico es tanto una ciencia como un encuentro entre personas.
La huella que me gustaría dejar en mi ejercicio profesional tiene que ver con acompañar a las personas para que se sientan más libres, coherentes y conectadas consigo mismas. Más allá del alivio sintomático, creo en un proceso que permita construir comprensión, herramientas y, sobre todo, un sentido claro de quién es cada persona y qué valores quiere sostener.
Quiero que las personas con las que trabajo se lleven algo que trascienda la terapia: una mejor relación consigo mismas, con sus emociones y con su entorno.
Mi compromiso es que cada proceso sea un paso hacia una vida más plena, más respetuosa con las propias necesidades y con una mayor capacidad de acción frente a los retos. Esa, para mí, es la herencia que cada encuentro terapéutico puede dejar: un aprendizaje profundo y duradero para la vida.